Aunque no lo parezca, en buena medida el sentido del gusto se educa. No nos damos cuenta, pero los sabores que preferimos son los que nos dieron en nuestra infancia. Y casi todos fuimos educados de modo erróneo para que nos gustase lo excesivamente azucarado.
Esta reeducación consiste, en primer lugar, en practicar la visualización, en ver el azúcar como una trampa pegajosa y las hortalizas como algo sabrosísimo, y, en segundo lugar, entrenar el gusto, es decir, comer obligadamente menos azúcar hasta que la mente se deshabitúe.
Mi experiencia con el azúcar blanco es un buen ejemplo. Yo ya no lo añado a ninguna bebida. Ni al té ni al café. De hecho, ¡me disgusta el sabor azucarado en esas bebidas! Si llevan el más mínimo rastro de azúcar, no las puedo beber. Y lo mismo con el yogur y muchos otros alimentos.
Hasta los veinte años le añadía a todo dos terrones de azúcar. Pero en un momento dado decidí reeducarme el paladar. Fui añadiendo cada vez menos azúcar, y un año más tarde ya estaba limpio del todo. ¡Y magia! En dos o tres años más, el azúcar añadido me parecía repugnante.
Esto mismo tendremos que hacer si queremos adelgazar de una forma fácil y divertida.
Durante un tiempo tendremos que esforzarnos para no comer comida inadecuada. Tirar de fuerza de voluntad. Hasta que la mente se readapte y volvamos a tener un gusto natural.

Fuente: segurcaixaadeslas.es
