Diógenes fue uno de los grandes filósofos de Grecia, quizá el número uno, y su prestigio se sustentaba en su modo de vida. Aquel hombre de largas barbas había optado por la pobreza, despreciando las riquezas familiares. En una ocasón, mientras se encontraba viviendo en un tonel, le dijo a Lucio que era uno de sus mejores amigos: “Ya he vivido como un noble, ahora me toca demostrar que puedo ser feliz como un lacayo”
 
Diógenes quiso que le llamasen «el Perro»
-Desde ahora soy «Diógenes el Perro» porque yo, como los animales, quiero practicar una maravillosa habilidad: que no me importe nada la opinión de los demás.
 
Cuentan que en una ocasión Diógenes fue invitado al banquete de un acaudalado admirador. En una de las mesas se sentaba Erástenes, un filósofo rival que era el preceptor de la mayoría de los niños ricos de Atenas y gozaba de muy buena posición. Aun así, era envidioso y no soportaba que a él se le considerase un simple profesor mientras que Diógenes era tenido por un hombre sabio, un mito viviente.
 
En un momento dado, Erástenes, espoleado por la bebida, alzó la mano y le lanzó un hueso a Diógenes diciendo:
—¡Ahí tienes, Perro, comida suculenta!
Diógenes, también encendido por el vino, se levantó y fue hacia el grupo del profesor. Todos callaron para oír su ingeniosa réplica, pero éste sólo se arremangó la túnica y levantó la pierna para lanzar un fiero chorro de orina. Las risas estallaron en la sala y la voz de Diógenes se alzó para concluir:
—En efecto, puedo comer huesos y orinar sobre pretendidos sabios, como lo haría un perro. No desfallezcas, amigo, quizá algún día puedas hacerlo tú.
 
Fuente: jrbatalle.com

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